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“NO PUEDO, TENGO QUE ESTUDIAR”. EPIDEMIA EN LAS AULAS DE MÚSICA

(Un día cualquiera, en un aula de instrumento cualquiera y un profesor de música cualquiera con un alumno que acaba de entrar por la puerta. Supongamos que éste tiene entre diez y catorce años, por ejemplo)

Profesor: (Alegre y entregado) ¡Hola! ¿Qué tal todo? ¿Cómo fue la semana?

Alumno: (Tímido y cabizbajo) Bien…

Profesor: (Asiente decepcionadamente con la cabeza,  ya sabe lo que pasa, no es el primer ni último caso similar) ¿Seguro? ¿Qué tal te ha ido con el material que tenías que trabajar esta semana? (Pregunta intencionadamente)

Alumno: Es que… esta semana no he podido dedicarle tiempo porque TENÍA MUCHOS EXÁMENES Y MUCHO QUE ESTUDIAR.

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Está hipotética situación refleja el día a día de las escuelas de música y, posiblemente, en algo de menor medida, de los conservatorios elementales y profesionales. Con esto no quiero decir que todos los alumnos, todos los días, no estudien y/o practiquen los contenidos a trabajar en las clases, ni mucho menos, pero sí se puede decir que es algo bastante habitual y depende, en su práctica totalidad, de los rasgos actitudinales de los jóvenes, el (a veces) excesivo volumen de actividades, exigencias y responsabilidades a las que éstos son sometidos y, en su conjunto, cómo todo ello es  gestionado por los que pueden y deben velar por su educación y valores: padres, madres y profesores.

Partiré de un análisis previo del contexto, entorno y factores que intervienen e interactúan actualmente, y según mi perspectiva, en  la educación musical de los más jóvenes.

1) Infinidad de distracciones tecnológicas y digitales para los que empiezan a tener un acceso independiente a las mismas (más o menos, la edad planteada anteriormente), es decir, móviles, tabletas, portátiles y demás dispositivos habidos y por haber con sus respectivas aplicaciones, juegos y redes sociales. Los alumnos, a veces argumentan su continuo y excesivo uso como herramientas que necesitan para estudiar y formarse pero, en realidad, en muchas ocasiones, no le dan ese uso, sino única, exclusiva e íntegramente para el ocio (ocio que, a su vez, es muy susceptible de convertirse en adicción)

2) Cada caso es un mundo y depende mucho del entorno, pero, en muchas ocasiones, cuesta bastante que los jóvenes adquieran la necesidad y responsabilidad de esforzarse en conseguir buenos resultados, más allá de la ley del mínimo esfuerzo y por su propio bien.

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3) En contraste, y agravando la brecha respecto al punto anterior, también se suele dar la figura paternal de la exigencia máxima en cuanto a la excelencia académica se refiere. Los dieces a cualquier precio, dando igual cuánto pagar respecto a sacrificios, preferencias, gustos, pasiones y, por supuesto, “invitar” (por no utilizar otra palabra menos permisiva) a dejar a un lado todo lo que te aleje de ello, provocando la absorción de la plena “cultura de la funcionalidad”.

4) Los niños consumen y están expuestos a una cantidad de información abismalmente mayor respecto a las que generaciones anteriores disfrutaron, provocando que empiecen antes, y de una forma más variada y profunda, a configurar su sistema de valores y su forma de relacionarse estratégicamente con el entorno (las habilidades sociales). La tecnología y los medios digitales les proporcionan una ventana al mundo que debe de gestionarse y atender debidamente por aquellos sobre los que recae dicha responsabilidad.

5) Los jóvenes realizan multitud de clases y actividades extraescolares, ocupando todos sus ratos libres y, a veces, hasta los fines de semana. Éstas, a pesar de que pueden significar (y significan) una parte muy importante, prácticamente esencial, en las vidas y formación de los escolares, pueden llegar a ser muy intensas, agotadoras, ocuparles mucho tiempo o, incluso, traer consigo más responsabilidades de estudio y quehaceres semanales, como puede ser el caso de la música, necesitando una buena planificación y organización de las mismas si se quieren aprovechar como algo beneficioso y no como un lastre.

6) Las clases de música, fuera de la escolaridad,  pueden significar, tanto para alumnos como para padres y madres (aunque, a veces y tristemente,  hasta para los mismos profesores), desde una actividad primordial y esencial para la formación integral del individuo, hasta la última prioridad; aquel sitio donde van a entretenerse y a pasar el rato mientras “yo hago la compra y pago las multas”.

7) Supremacía absoluta y omnipotente de los estudios obligatorios frente a cualquier otra cosa en este mundo, olvidando que los títulos y la formación reglada no es exclusivamente lo necesario para desarrollarse con éxito personal y socialmente. Obviamente, es extremadamente importante, imprescindible, pero no debemos enfocarlo y abordarlo como algo exclusivo y excluyente, más bien, yo diría que preferente y compaginable.

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8) Un sistema escolar que exprime, agota y consume a los alumnos a deberes y tareas extras, que, muy frecuentemente, confunde la cantidad con la calidad de las actividades y les ocupa gran parte de su “tiempo libre” desde, en muchos casos, muy temprana edad. A todo ello, evidentemente, hay que sumarle las entre 5 y 7 horas que ya pasan dentro del recinto educativo a diario.

Teniendo en cuenta todos los factores anteriormente expuestos, pueden darse tres principales razones que lleven a un alumno a vivir el ejemplo expuesto en la cabeza del texto, a pronunciar las palabras mágicas: “no puedo/pude, tengo/he tenido que estudiar”.

 

1- ¿MIENTE Y MANIPULA? ¿SE ENGAÑA A SÍ MISMO?

Análisis:

El alumno no ha estudiado, y no porque no haya podido, sino porque no ha querido. Él, ya empieza a saber qué argumentos le pueden hacer eludirse de sus responsabilidades y, decir “tengo mucho que estudiar”, cree (y sabe) que le permitirá cosechar una justificación comúnmente aceptada y generalizada, tanto de cara a los profesores de música como para sus propios padres.

En otras ocasiones, los alumnos llegan hasta no asistir a las clases de música basándose en esta misma justificación, convirtiéndose en una práctica bastante habitual. Ellos saben que si emiten la fórmula secreta, los padres aprobarán muy gustosamente la falta aunque, incoscientemente, no les estén haciendo ningún favor.

Puede que a veces sientan la verdadera necesidad de sacrificar las clases extraescolares para sacar adelante sus tareas o exámenes, pero ese comodín no puede ser usado de una forma tan gratuita como se emplea en algunas ocasiones, y el papel de los educadores y padres es saber detectar y gestionar adecuadamente este tipo de situaciones.

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¿Qué hacer?

Es muy importante aprender a profundizar en cada caso, es decir, saber si realmente no ha dedicado nada de tiempo a las clases de música porque no ha querido o porque no ha podido, lo cual me parece, a priori, tan extraño como preocupante, porque no es para nada recomendable (ni común) que un niño con, por ejemplo, doce años, tenga que llegar a esa situación (de ello hablo en puntos posteriores)

En estos casos, no hay que recriminar al alumno sin más, hay que dialogar, tanto con él como con sus padres.

[ARTÍCULO RECOMENDADO: MAMÁ, PAPÁ, QUIERO IR AL CONSERVATORIO.]

Hay que permanecer cercano al alumno y hacerle entender la rotunda importancia que tiene la constancia, la perseverancia y la regularidad en el proceso de aprendizaje de los instrumentos y habilidades musicales. Hacerle ver que no existe otra manera de conseguir lo que, supuestamente, ha ido a aprender a las clases de música.

Algunas veces, el problema es que al joven no le gusta nada lo que hace en las clases de música; no está motivado, no le encuentra sentido, se aburre y distrae constantemente, etcétera. De esta forma, obviamente no va a esforzarse. Le puedes obligar, castigar, suspender y amenazar, pero lo único que conseguirás es, en un periodo muy corto de tiempo, tener un alumno menos y, probablemente, que acabe odiando la música.

[INTELIGENCIA EMOCIONAL Y MÚSICA: LA IMPORTANCIA DE LA AUTOMOTIVACIÓN EN EL AULA (PARTE 4/6)]

Es difícil, nadie dijo jamás que fuera de otra forma, pero hay muchas formas de hacer vivir la música como algo positivo y que merezca la pena a un alumno de estas edades. Hay que esforzarse, conocerle más, buscar alternativas y experimentar con todo tipo de actividades y herramientas, no siendo necesario renunciar a los contenidos y materiales que se quieran trabajar (programación), simplemente, hay que encontrar otros caminos de llegar hasta ese punto en el que el alumno está motivado, le guste lo que hace, lo entienda, lo vea accesible y esté dispuesto a organizarse mejor y sacrificarse para seguir adelante.

El contacto con los padres, en general, es importante, pero en estos casos es imprescindible. Ellos son los cómplices directos del proceso de aprendizaje, pues si un alumno te argumenta con frecuencia que no ha podido estudiar, lo deben saber y se debe de investigar si eso ha sido cierto o no (muy importante), guiarles en cómo ayudar a sus hijos en lo que a la educación musical respecta, hacerles ver y sentir el valor real que tiene para los jóvenes el verse involucrados en introducir la música en sus vidas, etcétera.

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Lo más importante, desde mi punto de vista, es el demostrarles que puede que los niños utilicen estratégicamente el “no puedo, tengo que estudiar”, para evitar sacrificios y evadir responsabilidades. Ese es un comodín que hay que gastar cuando sea estrictamente necesario y no de una forma tan gratuita como muchos de los alumnos de hoy en día hay aprendido a usar, pues saben que “haciéndose los responsables” (en el plano académico) conseguirán todo lo propuesto y el favor y admiración de sus progenitores y profesores.

 

2- SOBRECARGA DE ACTIVIDADES

Análisis:

Colegio/instituto, catequesis, música, baile, inglés, patinaje, clases de apoyo, fútbol, pintura, artes marciales, comparsas, campamentos… Éstas, y además de otro sinfín de actividades, suelen ser frecuentadas semanalmente los escolares. De toda esta muy resumida lista, los jóvenes suelen combinar tres o más actividades, ocupándoles algunas de ellas varias horas en días distintos.

Son niños, es decir, ciertamente envidiosos e impulsivos; si un amigo se apunta a “lo que sea”, ellos se quieren apuntar, y si ofertan una actividad nueva en las extraescolares a su alcance, ellos quieren ser los primeros en experimentar.

Son terremotos, pueden con todo, rebosan energía, pero tienen un límite y, si lo sobrepasan, ya puede ser tarde. Hay que ser conscientes y tomar las medidas y decisiones oportunas.

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A todo ello, y como ya he indicado en el análisis previo, hay que sumarle la abismal carga lectiva de deberes y tareas para casa que, día a día, acumulan y linchan a los alumnos de cualquier nivel. Este problema es un tema que está en plena vanguardia de debate, recibiendo y sumando opiniones, enfrentamientos y críticas por parte de todo el colectivo de docentes, instituciones educativas y asociaciones de padres y madres de alumnos del país.

¿Qué hacer?

Los padres deben de saber y ser conscientes de las inquietudes y capacidades de sus propios hijos, guiándoles respecto a ello.  Ellos siempre van a querer lo mejor para ellos, pero también deben de pedir consejo y asesoramiento a los profesionales de la educación, y el profesor, en consecuencia, responder.

POR FAVOR, ESCUCHEN AL PROFESOR DE MÚSICA.

El hecho de realizar muchas actividades extraescolares puede que les consuma poco a poco, o que no lleguen a beneficiarse de alguna de ellas todo lo que podrían, como es en el caso de la música.

La música, el colegio/instituto y otras tres o cuatro actividades extraescolares más, no siempre son compaginables y hay que tomar decisiones: hay que priorizar y optimizar. Se puede dar el caso de que haya “niños superhéroes” que saquen satisfactoriamente adelante cualquier actividad en la que se vean involucrados, por muchas y distintas que se les echen encima, pero eso tiene un límite, y algún día se pueden llegar a estresar o derrumbar moralmente ante esa presión. El vaso se va llenando hasta que no entra ni una sola gota más.

Yo que les voy a decir, y si no lean cualquiera de los contenidos existentes en este blog, pero, en caso de tomar decisiones y prioridades, yo les animo a que sea la música una de esas actividades elegidas y prioritarias.

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Al contrario que otras actividades extraescolares, la música requiere un tiempo de estudio y dedicación fuera del tiempo de clase. Si ni los alumnos ni los padres están dispuestos a ser constantes y perseverantes, es mejor que lo dejen, porque lo único que van a conseguir es frustración: primero ante la evolución de otros alumnos y la correspondiente e inevitable comparación que entre ellos se suele dar y, segundo, con el propio no desarrollo de sus habilidades y conocimientos musicales, pues éstos necesitan sentir ciertos avances para sentirse continuamente motivados.

LA MÚSICA Y EL BAMBÚ JAPONÉS: NO APTOS PARA IMPACIENTES

 

3- MALA GESTIÓN DEL TIEMPO.

Análisis:

En el tercer caso, los alumnos presentan las capacidades necesarias y abarcan un número de actividades bastante asumibles y compaginables, pero lo que les falta es saber (y querer hacerlo) el cómo gestionar las clases, el estudio, el ocio y las propias inquietudes y aficiones que vayan adquiriendo por el camino.

Van sacando todo adelante, con altos y bajo en su motivación y rendimiento, pero se van salvando de todo con resultados no superiores al notable (con algún desliz) y no ciertamente irregulares.

Algunos de éstos se esfuerzan, pero no gestionan bien su tiempo y sus quehaceres. Empiezan a tener una cierta libertad en cuanto al estudio y al ocio, pero no siempre responden bien ante la responsabilidad que esto supone.

A ciertas edades ya poseen acceso ilimitado a tecnologías y medios digitales como móviles, tabletas, ordenadores, videoconsolas o redes sociales. Como bien sabemos todos, pueden suponer un vertedero de tiempo desorbitado para los que aún no hayan desarrollado las competencias de cómo gestionar el tiempo que dedicamos a cada cosa respecto a lo que ésta nos aporte. Si incluso para los más adultos, y, supuestamente, más maduros y responsables, ya es un gran reto al que nos enfrentamos cada día, imagínense para un joven de entre once y catorce años. (No hay nada más que ver la tremenda adicción que los chicos y chicas de esta franja de edad empiezan a tener con los teléfonos móviles).

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Todo ello, puede provocar que, a lo largo de una semana, no hayan tenido (o querido sacar) tiempo para dedicárselo a algo más allá que a lo estrictamente necesario, como puede ser sacar un suficiente en lo que sea, pues lo importante para muchos de éstos es aprobar y no repetir: ley del mínimo esfuerzo y la vida sigue.

En estos casos, cuando atraviesan la puerta del aula de música y dicen el famoso “no he podido, tenía mucho que estudiar”, en realidad se refieran a “no he estudiado nada porque el poco tiempo que he invertido en esforzarme en algo, lo he dedicado a estudiar para aprobar algún examen en el que espero sacar un cinco (y lo celebraré) para no suspender, no tener que repetir, que no me castiguen y poder seguir haciendo lo mismo que, por otro lado, me está yendo más o menos bien”.

Éste es un claro ejemplo de falta de ambiciones, sueños, afán por hacer las cosas bien, respeto por aprender y, a menudo, estaríamos hablando de jóvenes que pasan horas incontables al frente de televisiones, ordenadores, móviles y consolas o, por otro lado, el otro perfil de alumnos, aquéllos que empiezan a pasar horas y horas (muchas) en la calle, y a saber haciendo el qué.

En otras ocasiones no es cuestión de pérdida de tiempo, o de mala gestión vista desde el pasotismo, sino del mal uso, o uso descompensado, de lo más preciado que tenemos: las horas y los minutos, algo que debemos de aprender desde muy pequeños.

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No siempre el esfuerzo realizado y el resultado obtenido son recíprocos. A lo mejor, se esfuerzan pero no cosechan lo que deberían o les gustaría; ineficiencia de estudio, invierten tiempo de más en cosas que no lo requieren, sufren inseguridades que les hacen pensar que no rinden lo suficiente, o miedos en general entre otras causas.

¿Qué hacer?

Para el primer caso expuesto, para los pasotas, en primer lugar es muy importante hablar con ellos seriamente: hacerles ver la importancia que tiene la perseverancia en la práctica de la música, invitarles a que hagan una autocrítica del uso que hacen de las tecnologías, sentirles ver si desean y quieren seguir aprendiendo música, así como todos los beneficios que ésta les puede aportar en sus vidas (aquí es muy importante el papel motivador del docente como guía), además, se puede aprovechar para realizar una importante enseñanza y ejemplificación de valores personales.

LA HUMILDAD COMO VALOR TRANSVERSAL EN LA MÚSICA

En el segundo, el de los quiero y no puedo (supuestamente, y aunque eso dicen muchos, pero mienten) hay que ayudarles a saber cómo gestionar el estudio de las tareas musicales en épocas o momentos más complicados y de estrés y agobio. Para ello, se pueden realizar cuadrantes de estudio semanal, aprender a organizarse las tardes haciendo listas de actividades y responsabilidades y, sobre todo, enseñarles a cómo usar la música como momento de distensión, relajación y evasión de otras tareas más estresantes como por ejemplo, dedicarle unos minutos a tocar en el descanso del estudio preparatorio de un examen con un duro temario.

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Evidentemente, hay que aliarse con los padres: hablar con ellos de los posibles problemas que pueda presentar su hijo, ofrecerles asesoramiento y consejo desde la experiencia, informales de cómo y por qué deben ayudar a su hijo a que siga su camino en el aprendizaje de la música , guiarles a cómo no desvincular las actividades de música de sus responsabilidades académicas y, por encima de todo, llegar a conseguir que confíen en ti, el profesor de música, como una pieza clave e indispensable en la educación integral de sus hijos.

 

CONCLUSIÓN

Probablemente, piensen que dicho análisis es demasiado profundo y tremendista para un hecho tan insignificante como a algunos le puede parecer la situación supuesta, pero, en realidad, es una inmejorable situación para hacer pedagogía de la experiencia, pudiendo hacer crecer y aflorar excelentes valores de los cuales, por supuesto, se verá beneficiado más allá de la música y a lo largo de toda su vida.

Por otro lado, puede que en un principio, y sobre todo para los menos experimentados, de respeto el meterse en cómo una familia debe gestionar la formación y educación de sus hijos, pero yo opino que hay que dejarse aconsejar por aquellos que se dedican a trabajar con ellos, con los que tratan día a día a cientos, ya que para algo son profesionales de la educación.

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No son nuestros hijos, pero también queremos lo mejor para ellos, y hablo en plural, porque mi incluyo plenamente. Trabajan con múltiples de casos, perfiles e individuos distintos y similares a la vez, teniendo una perspectiva global del sector y de las materias primas, lo cual ayuda a detectar los posibles problemas con efectividad y a plantear diversas y ya experimentadas formas de cómo solucionarlo.

En cambio, si se ignora, comprende y/o cede, no estamos haciendo, para nada, un favor al alumno, ni a su familia, ni a la educación musical.

Todo sea por una mejora de la calidad y valor de la enseñanza musical en escuelas de música y conservatorios elementales y profesionales, concienciación de profesores, padres, madres, instituciones y alumnos, y de que nuestra labor pueda alcanzar la magnitud que puede, debe y merece.

 

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MAMÁ, PAPÁ, QUIERO IR AL CONSERVATORIO.

Cada año, miles de jóvenes se preparan y conciencian durante todo un curso escolar para afrontar las pruebas de acceso a conservatorios profesionales. En ellas, intentan demostrar, a través de una sola oportunidad, todo su nivel en diversas disciplinas: interpretación  y técnica instrumental, entonación, habilidades auditivas, lectura rítmica y teoría musical.

Detrás de ese único intento, hay cientos de horas de clases, estudio, ensayos y preparación previa, fruto del trabajo, esfuerzo y sacrificio de muchos años atrás, y no sólo del presente curso que recientemente finaliza como preludio a dichas pruebas. En verdad, la ocasión, en sí misma, de materializar tantísimo trabajo en un escueto espacio de tiempo, ya merece la pena de experimentar para una persona que aún le queda tanto por vivir y desarrollar.

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Sí el trabajo da sus frutos, los jóvenes cosecharán buenos resultados y lograrán ingresar en los centros correspondientes, entonces, no se acordarán de todo el camino recorrido para llegar hasta ahí, simplemente, estarán rebosantes de alegría y con ganas de comerse el mundo; una gran dosis de confianza en uno mismo.

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Una vez dentro, serán muchos los factores que determinarán en cómo y cuánto su paso por este tipo de enseñanzas influirá en sus destinos: puede que se dedique profesionalmente a cualquiera de los múltiples oficios y disciplinas a las que el estudio de la música da acceso, puede que decida compaginarlo con otros estudios (medios o superiores) de forma paralela,  abriéndose una infinidad de posibilidades académicas y profesionales (existentes o por descubrir) o, simplemente, le habrá hecho desarrollarse artística y humanísticamente como individuo, conociendo un sinfín de personas y viviendo múltiples experiencias que, sin ninguna duda, no pasarán desapercibido en sus valores, educación, profesionalidad y exitosa relación con el entorno social.

CHINOS TOCANDO

Porque hay que tener una cosa clara, el hecho ingresar en un conservatorio profesional de música no significa que, obligatoriamente, tengamos que dedicarnos académica y profesionalmente a ésta de forma  exclusiva y/o excluyente, eso es algo que el destino de la propia persona decidirá, a lo largo de ir conociendo nuestras ambiciones, capacidades, pasiones y sueños.

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Hablaremos de la otra cara de la moneda, que, por otro lado, es el principal objetivo de este escrito. Éste, no es otro que hablar de todos aquellos jóvenes que habiéndose mentalizado y preparado durante varios años y, a última hora, deciden que no realizarán las pruebas de acceso a los respectivos centros de enseñanzas profesionales de música.

Es normal que en la recta final, cuando los aspirantes empiezan a visualizar el momento de los exámenes, entren los miedos y nervios, aflorando preguntas como: ¿Qué pinto yo aquí? ¿Qué necesidad hay de pasar por este mal trago? Si analizas superficialmente los factores, es fácil entender el porqué de estos pasos atrás de última hora; sólo tendrán una oportunidad para demostrar todo lo absorbido previamente, frente a un tribunal compuesto por numerosos desconocidos, en un lugar nuevo y rodeado de posibles nuevos compañeros que, a su vez, son sus competidores; una mezcla un tanto explosiva para alguien que, normalmente, rondará entre los 12 y 15 años de edad.

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Para continuar, me gustaría invitarles a hacer una reflexión haciendo uso de una frase que recuerdo siempre que me encuentro agobiado en la persecución de mis objetivos y sueños; “mar en calma no hace experto al marinero”. En otras palabras, esta sabia expresión nos invita a salir de nuestra zona de confort (en todos los sentidos) para poder avanzar, desarrollarnos y descubrir todo aquello que la vida nos depara, dentro, fuera o a través de la música. Lo que sí es obvio, es que los miedos o pasos hacia atrás de última hora, pueden aparecer, pero tenemos que afrontarlos, superarlos y salir reforzados de ello, para ello necesitaremos el apoyo incondicional de nuestros padres, madres, amigos y profesores.

 

FALTA DE APOYOS: SUEÑOS QUEBRADOS, ESFUERZO EN VANO.

Más allá de lo que debería de ser, no siempre se manifiesta el apoyo y aliento que en estas ocasiones suelen demandar en silencio los jóvenes músicos, es más, puede que las mismas personas que tendrían que motivarles, sean las que, a última hora, les frenen a seguir adelante con esta tan ardua como motivadora misión.

Inconscientemente, y, por otro lado y con total seguridad, queriendo lo mejor para sus hijos, a veces son los propios padres y madres los que, a última hora, desaniman a éstos para no continuar en este proceso, pudiendo incluso llegárselo a prohibir.

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A veces, y por cualquier tipo de circunstancia, los medios económicos de algunas familias tampoco favorecen y permiten el esfuerzo que esto supone, aunque existen diversas becas y ayudas de estudio disponibles desde varias instituciones públicas. No obstante, no quiero pensar que es debido a la pereza y comodidad de los propios padres la que les hace de no asumir la responsabilidad y sacrificio que ésto supone; transportes a las clases, supervisar los quehaceres a mayores asumidos por sus hijos, asistir a conciertos y audiciones extraordinarias, estudio diario y ruidoso en casa, etcétera.

Sin duda alguna, los padres, por muy adultos que sean, también pueden caer presas de miedos como: “mi hijo no va a poder con todo (instituto/universidad y conservatorio)”, “no quiero que se dedique a la música, él puede estudiar una carrera de verdad”, “tengo miedo a que se le llene la cabeza de pajaritos con la música y no quiera terminar sus estudios obligatorios”, “en el mundo de la música va a conocer gente que no le conviene” y otro sinfín de preguntas fruto de la más profunda desinformación respecto a este mundo académico y profesional.

Estos tipos de padres y madres, recomendarán e intentarán reconducir, o en algunos casos prohibir, la voluntad de sus hijos hacia la de sus propios vértigos con el fin de moldearlos hacia sus sueños y ambiciones, e insisto, indudablemente, queriendo lo mejor para ellos. Para ellos sólo tengo unas palabras; estáis profundamente equivocados.

(Lectura recomendada: POR FAVOR, ESCUCHEN AL PROFESOR DE MÚSICA.)

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Hoy en día, el siglo de los “ninis”, de la ley del mínimo esfuerzo, del todo fugaz e inmediato, de los vicios tecnológicos y de las “litronas y cigarritos” en el parque recién tomada la primera comunión, me parece una absoluta barbaridad que un joven (pre-adolescente) solicite asumir más responsabilidades, esforzarse más de lo que debería, salir de su zona y burbuja protectora de confort, instruirse en las artes y las humanidades, abrirse tempranamente al mundo, y no apoyarle incondicionalmente a ello; éstos necesitan alientos y apoyo, no cadenas y prohibiciones.

Lo más importante es que se expongan a la experiencia, tanto a hacer la prueba de acceso como a dar sus primeros pasos en las enseñanzas artísticas, lo demás lo deparará el futuro: puede que no lleguen a aprender a compaginar y asumir todos los esfuerzos y responsabilidades que esta situación requiere (que, con ilusión y apoyo, lo dudo mucho), puede que descubra que el mundo académico de la música no es lo que esperaba y lo deje, puede que se convierta en un reputado y solicitado profesional en cualesquiera de las ramas que ésta ofrece, puede que, simplemente, acabe sus estudios profesionales y le supongan una diferenciación profesional y personal en su futuro algo que, por otro lado, cada vez se tiene más en cuenta en el mundo empresarial por los valores y personalidad que se adquieren en el camino musical académico.

 

NUNCA ES TARDE, PERO AHORA ES MEJOR.

Hay ciertas cosas en la vida para la que nunca es tarde, y la música es un claro ejemplo de ello, pero también es verdad que para adentrarse en un conservatorio y disfrutar al máximo de todas las oportunidades y beneficios que éste brinda, hay ciertos momentos más idóneos que otros, y es en esa franja de edad anteriormente mencionada (12-15 años) donde más disfrutarán de ello, en múltiples sentidos, aquellos que así lo decidan y no haya nada ni nadie que se lo impida.

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Curiosamente, la práctica totalidad de personas que tuvieron la oportunidad y nivel para acceder a este tipo de enseñanzas artísticas, y no lo hicieron, ahora se arrepienten, y no necesariamente por no haberse dedicado la música profesionalmente, sino porque la música, en la mayoría de los casos, te acompañará de por vida, como pasión, como nexo de unión con muchas de las personas que más aprecias, como desahogo y vía de escape, como actividad social prioritaria, como arte que te gustará enseñar y compartir con tus hijos, etcétera.

Lo que está claro, es que el camino sólo se sabe dónde llegará si se decide emprenderlo, y para ello necesitamos superar nuestros miedos, estar permanentemente apoyados, informados y continuamente motivados.

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Eduardo Sánchez-Escribano García de la Rosa.

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