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“NO PUEDO, TENGO QUE ESTUDIAR”. EPIDEMIA EN LAS AULAS DE MÚSICA

(Un día cualquiera, en un aula de instrumento cualquiera y un profesor de música cualquiera con un alumno que acaba de entrar por la puerta. Supongamos que éste tiene entre diez y catorce años, por ejemplo)

Profesor: (Alegre y entregado) ¡Hola! ¿Qué tal todo? ¿Cómo fue la semana?

Alumno: (Tímido y cabizbajo) Bien…

Profesor: (Asiente decepcionadamente con la cabeza,  ya sabe lo que pasa, no es el primer ni último caso similar) ¿Seguro? ¿Qué tal te ha ido con el material que tenías que trabajar esta semana? (Pregunta intencionadamente)

Alumno: Es que… esta semana no he podido dedicarle tiempo porque TENÍA MUCHOS EXÁMENES Y MUCHO QUE ESTUDIAR.

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Está hipotética situación refleja el día a día de las escuelas de música y, posiblemente, en algo de menor medida, de los conservatorios elementales y profesionales. Con esto no quiero decir que todos los alumnos, todos los días, no estudien y/o practiquen los contenidos a trabajar en las clases, ni mucho menos, pero sí se puede decir que es algo bastante habitual y depende, en su práctica totalidad, de los rasgos actitudinales de los jóvenes, el (a veces) excesivo volumen de actividades, exigencias y responsabilidades a las que éstos son sometidos y, en su conjunto, cómo todo ello es  gestionado por los que pueden y deben velar por su educación y valores: padres, madres y profesores.

Partiré de un análisis previo del contexto, entorno y factores que intervienen e interactúan actualmente, y según mi perspectiva, en  la educación musical de los más jóvenes.

1) Infinidad de distracciones tecnológicas y digitales para los que empiezan a tener un acceso independiente a las mismas (más o menos, la edad planteada anteriormente), es decir, móviles, tabletas, portátiles y demás dispositivos habidos y por haber con sus respectivas aplicaciones, juegos y redes sociales. Los alumnos, a veces argumentan su continuo y excesivo uso como herramientas que necesitan para estudiar y formarse pero, en realidad, en muchas ocasiones, no le dan ese uso, sino única, exclusiva e íntegramente para el ocio (ocio que, a su vez, es muy susceptible de convertirse en adicción)

2) Cada caso es un mundo y depende mucho del entorno, pero, en muchas ocasiones, cuesta bastante que los jóvenes adquieran la necesidad y responsabilidad de esforzarse en conseguir buenos resultados, más allá de la ley del mínimo esfuerzo y por su propio bien.

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3) En contraste, y agravando la brecha respecto al punto anterior, también se suele dar la figura paternal de la exigencia máxima en cuanto a la excelencia académica se refiere. Los dieces a cualquier precio, dando igual cuánto pagar respecto a sacrificios, preferencias, gustos, pasiones y, por supuesto, “invitar” (por no utilizar otra palabra menos permisiva) a dejar a un lado todo lo que te aleje de ello, provocando la absorción de la plena “cultura de la funcionalidad”.

4) Los niños consumen y están expuestos a una cantidad de información abismalmente mayor respecto a las que generaciones anteriores disfrutaron, provocando que empiecen antes, y de una forma más variada y profunda, a configurar su sistema de valores y su forma de relacionarse estratégicamente con el entorno (las habilidades sociales). La tecnología y los medios digitales les proporcionan una ventana al mundo que debe de gestionarse y atender debidamente por aquellos sobre los que recae dicha responsabilidad.

5) Los jóvenes realizan multitud de clases y actividades extraescolares, ocupando todos sus ratos libres y, a veces, hasta los fines de semana. Éstas, a pesar de que pueden significar (y significan) una parte muy importante, prácticamente esencial, en las vidas y formación de los escolares, pueden llegar a ser muy intensas, agotadoras, ocuparles mucho tiempo o, incluso, traer consigo más responsabilidades de estudio y quehaceres semanales, como puede ser el caso de la música, necesitando una buena planificación y organización de las mismas si se quieren aprovechar como algo beneficioso y no como un lastre.

6) Las clases de música, fuera de la escolaridad,  pueden significar, tanto para alumnos como para padres y madres (aunque, a veces y tristemente,  hasta para los mismos profesores), desde una actividad primordial y esencial para la formación integral del individuo, hasta la última prioridad; aquel sitio donde van a entretenerse y a pasar el rato mientras “yo hago la compra y pago las multas”.

7) Supremacía absoluta y omnipotente de los estudios obligatorios frente a cualquier otra cosa en este mundo, olvidando que los títulos y la formación reglada no es exclusivamente lo necesario para desarrollarse con éxito personal y socialmente. Obviamente, es extremadamente importante, imprescindible, pero no debemos enfocarlo y abordarlo como algo exclusivo y excluyente, más bien, yo diría que preferente y compaginable.

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8) Un sistema escolar que exprime, agota y consume a los alumnos a deberes y tareas extras, que, muy frecuentemente, confunde la cantidad con la calidad de las actividades y les ocupa gran parte de su “tiempo libre” desde, en muchos casos, muy temprana edad. A todo ello, evidentemente, hay que sumarle las entre 5 y 7 horas que ya pasan dentro del recinto educativo a diario.

Teniendo en cuenta todos los factores anteriormente expuestos, pueden darse tres principales razones que lleven a un alumno a vivir el ejemplo expuesto en la cabeza del texto, a pronunciar las palabras mágicas: “no puedo/pude, tengo/he tenido que estudiar”.

 

1- ¿MIENTE Y MANIPULA? ¿SE ENGAÑA A SÍ MISMO?

Análisis:

El alumno no ha estudiado, y no porque no haya podido, sino porque no ha querido. Él, ya empieza a saber qué argumentos le pueden hacer eludirse de sus responsabilidades y, decir “tengo mucho que estudiar”, cree (y sabe) que le permitirá cosechar una justificación comúnmente aceptada y generalizada, tanto de cara a los profesores de música como para sus propios padres.

En otras ocasiones, los alumnos llegan hasta no asistir a las clases de música basándose en esta misma justificación, convirtiéndose en una práctica bastante habitual. Ellos saben que si emiten la fórmula secreta, los padres aprobarán muy gustosamente la falta aunque, incoscientemente, no les estén haciendo ningún favor.

Puede que a veces sientan la verdadera necesidad de sacrificar las clases extraescolares para sacar adelante sus tareas o exámenes, pero ese comodín no puede ser usado de una forma tan gratuita como se emplea en algunas ocasiones, y el papel de los educadores y padres es saber detectar y gestionar adecuadamente este tipo de situaciones.

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¿Qué hacer?

Es muy importante aprender a profundizar en cada caso, es decir, saber si realmente no ha dedicado nada de tiempo a las clases de música porque no ha querido o porque no ha podido, lo cual me parece, a priori, tan extraño como preocupante, porque no es para nada recomendable (ni común) que un niño con, por ejemplo, doce años, tenga que llegar a esa situación (de ello hablo en puntos posteriores)

En estos casos, no hay que recriminar al alumno sin más, hay que dialogar, tanto con él como con sus padres.

[ARTÍCULO RECOMENDADO: MAMÁ, PAPÁ, QUIERO IR AL CONSERVATORIO.]

Hay que permanecer cercano al alumno y hacerle entender la rotunda importancia que tiene la constancia, la perseverancia y la regularidad en el proceso de aprendizaje de los instrumentos y habilidades musicales. Hacerle ver que no existe otra manera de conseguir lo que, supuestamente, ha ido a aprender a las clases de música.

Algunas veces, el problema es que al joven no le gusta nada lo que hace en las clases de música; no está motivado, no le encuentra sentido, se aburre y distrae constantemente, etcétera. De esta forma, obviamente no va a esforzarse. Le puedes obligar, castigar, suspender y amenazar, pero lo único que conseguirás es, en un periodo muy corto de tiempo, tener un alumno menos y, probablemente, que acabe odiando la música.

[INTELIGENCIA EMOCIONAL Y MÚSICA: LA IMPORTANCIA DE LA AUTOMOTIVACIÓN EN EL AULA (PARTE 4/6)]

Es difícil, nadie dijo jamás que fuera de otra forma, pero hay muchas formas de hacer vivir la música como algo positivo y que merezca la pena a un alumno de estas edades. Hay que esforzarse, conocerle más, buscar alternativas y experimentar con todo tipo de actividades y herramientas, no siendo necesario renunciar a los contenidos y materiales que se quieran trabajar (programación), simplemente, hay que encontrar otros caminos de llegar hasta ese punto en el que el alumno está motivado, le guste lo que hace, lo entienda, lo vea accesible y esté dispuesto a organizarse mejor y sacrificarse para seguir adelante.

El contacto con los padres, en general, es importante, pero en estos casos es imprescindible. Ellos son los cómplices directos del proceso de aprendizaje, pues si un alumno te argumenta con frecuencia que no ha podido estudiar, lo deben saber y se debe de investigar si eso ha sido cierto o no (muy importante), guiarles en cómo ayudar a sus hijos en lo que a la educación musical respecta, hacerles ver y sentir el valor real que tiene para los jóvenes el verse involucrados en introducir la música en sus vidas, etcétera.

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Lo más importante, desde mi punto de vista, es el demostrarles que puede que los niños utilicen estratégicamente el “no puedo, tengo que estudiar”, para evitar sacrificios y evadir responsabilidades. Ese es un comodín que hay que gastar cuando sea estrictamente necesario y no de una forma tan gratuita como muchos de los alumnos de hoy en día hay aprendido a usar, pues saben que “haciéndose los responsables” (en el plano académico) conseguirán todo lo propuesto y el favor y admiración de sus progenitores y profesores.

 

2- SOBRECARGA DE ACTIVIDADES

Análisis:

Colegio/instituto, catequesis, música, baile, inglés, patinaje, clases de apoyo, fútbol, pintura, artes marciales, comparsas, campamentos… Éstas, y además de otro sinfín de actividades, suelen ser frecuentadas semanalmente los escolares. De toda esta muy resumida lista, los jóvenes suelen combinar tres o más actividades, ocupándoles algunas de ellas varias horas en días distintos.

Son niños, es decir, ciertamente envidiosos e impulsivos; si un amigo se apunta a “lo que sea”, ellos se quieren apuntar, y si ofertan una actividad nueva en las extraescolares a su alcance, ellos quieren ser los primeros en experimentar.

Son terremotos, pueden con todo, rebosan energía, pero tienen un límite y, si lo sobrepasan, ya puede ser tarde. Hay que ser conscientes y tomar las medidas y decisiones oportunas.

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A todo ello, y como ya he indicado en el análisis previo, hay que sumarle la abismal carga lectiva de deberes y tareas para casa que, día a día, acumulan y linchan a los alumnos de cualquier nivel. Este problema es un tema que está en plena vanguardia de debate, recibiendo y sumando opiniones, enfrentamientos y críticas por parte de todo el colectivo de docentes, instituciones educativas y asociaciones de padres y madres de alumnos del país.

¿Qué hacer?

Los padres deben de saber y ser conscientes de las inquietudes y capacidades de sus propios hijos, guiándoles respecto a ello.  Ellos siempre van a querer lo mejor para ellos, pero también deben de pedir consejo y asesoramiento a los profesionales de la educación, y el profesor, en consecuencia, responder.

POR FAVOR, ESCUCHEN AL PROFESOR DE MÚSICA.

El hecho de realizar muchas actividades extraescolares puede que les consuma poco a poco, o que no lleguen a beneficiarse de alguna de ellas todo lo que podrían, como es en el caso de la música.

La música, el colegio/instituto y otras tres o cuatro actividades extraescolares más, no siempre son compaginables y hay que tomar decisiones: hay que priorizar y optimizar. Se puede dar el caso de que haya “niños superhéroes” que saquen satisfactoriamente adelante cualquier actividad en la que se vean involucrados, por muchas y distintas que se les echen encima, pero eso tiene un límite, y algún día se pueden llegar a estresar o derrumbar moralmente ante esa presión. El vaso se va llenando hasta que no entra ni una sola gota más.

Yo que les voy a decir, y si no lean cualquiera de los contenidos existentes en este blog, pero, en caso de tomar decisiones y prioridades, yo les animo a que sea la música una de esas actividades elegidas y prioritarias.

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Al contrario que otras actividades extraescolares, la música requiere un tiempo de estudio y dedicación fuera del tiempo de clase. Si ni los alumnos ni los padres están dispuestos a ser constantes y perseverantes, es mejor que lo dejen, porque lo único que van a conseguir es frustración: primero ante la evolución de otros alumnos y la correspondiente e inevitable comparación que entre ellos se suele dar y, segundo, con el propio no desarrollo de sus habilidades y conocimientos musicales, pues éstos necesitan sentir ciertos avances para sentirse continuamente motivados.

LA MÚSICA Y EL BAMBÚ JAPONÉS: NO APTOS PARA IMPACIENTES

 

3- MALA GESTIÓN DEL TIEMPO.

Análisis:

En el tercer caso, los alumnos presentan las capacidades necesarias y abarcan un número de actividades bastante asumibles y compaginables, pero lo que les falta es saber (y querer hacerlo) el cómo gestionar las clases, el estudio, el ocio y las propias inquietudes y aficiones que vayan adquiriendo por el camino.

Van sacando todo adelante, con altos y bajo en su motivación y rendimiento, pero se van salvando de todo con resultados no superiores al notable (con algún desliz) y no ciertamente irregulares.

Algunos de éstos se esfuerzan, pero no gestionan bien su tiempo y sus quehaceres. Empiezan a tener una cierta libertad en cuanto al estudio y al ocio, pero no siempre responden bien ante la responsabilidad que esto supone.

A ciertas edades ya poseen acceso ilimitado a tecnologías y medios digitales como móviles, tabletas, ordenadores, videoconsolas o redes sociales. Como bien sabemos todos, pueden suponer un vertedero de tiempo desorbitado para los que aún no hayan desarrollado las competencias de cómo gestionar el tiempo que dedicamos a cada cosa respecto a lo que ésta nos aporte. Si incluso para los más adultos, y, supuestamente, más maduros y responsables, ya es un gran reto al que nos enfrentamos cada día, imagínense para un joven de entre once y catorce años. (No hay nada más que ver la tremenda adicción que los chicos y chicas de esta franja de edad empiezan a tener con los teléfonos móviles).

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Todo ello, puede provocar que, a lo largo de una semana, no hayan tenido (o querido sacar) tiempo para dedicárselo a algo más allá que a lo estrictamente necesario, como puede ser sacar un suficiente en lo que sea, pues lo importante para muchos de éstos es aprobar y no repetir: ley del mínimo esfuerzo y la vida sigue.

En estos casos, cuando atraviesan la puerta del aula de música y dicen el famoso “no he podido, tenía mucho que estudiar”, en realidad se refieran a “no he estudiado nada porque el poco tiempo que he invertido en esforzarme en algo, lo he dedicado a estudiar para aprobar algún examen en el que espero sacar un cinco (y lo celebraré) para no suspender, no tener que repetir, que no me castiguen y poder seguir haciendo lo mismo que, por otro lado, me está yendo más o menos bien”.

Éste es un claro ejemplo de falta de ambiciones, sueños, afán por hacer las cosas bien, respeto por aprender y, a menudo, estaríamos hablando de jóvenes que pasan horas incontables al frente de televisiones, ordenadores, móviles y consolas o, por otro lado, el otro perfil de alumnos, aquéllos que empiezan a pasar horas y horas (muchas) en la calle, y a saber haciendo el qué.

En otras ocasiones no es cuestión de pérdida de tiempo, o de mala gestión vista desde el pasotismo, sino del mal uso, o uso descompensado, de lo más preciado que tenemos: las horas y los minutos, algo que debemos de aprender desde muy pequeños.

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No siempre el esfuerzo realizado y el resultado obtenido son recíprocos. A lo mejor, se esfuerzan pero no cosechan lo que deberían o les gustaría; ineficiencia de estudio, invierten tiempo de más en cosas que no lo requieren, sufren inseguridades que les hacen pensar que no rinden lo suficiente, o miedos en general entre otras causas.

¿Qué hacer?

Para el primer caso expuesto, para los pasotas, en primer lugar es muy importante hablar con ellos seriamente: hacerles ver la importancia que tiene la perseverancia en la práctica de la música, invitarles a que hagan una autocrítica del uso que hacen de las tecnologías, sentirles ver si desean y quieren seguir aprendiendo música, así como todos los beneficios que ésta les puede aportar en sus vidas (aquí es muy importante el papel motivador del docente como guía), además, se puede aprovechar para realizar una importante enseñanza y ejemplificación de valores personales.

LA HUMILDAD COMO VALOR TRANSVERSAL EN LA MÚSICA

En el segundo, el de los quiero y no puedo (supuestamente, y aunque eso dicen muchos, pero mienten) hay que ayudarles a saber cómo gestionar el estudio de las tareas musicales en épocas o momentos más complicados y de estrés y agobio. Para ello, se pueden realizar cuadrantes de estudio semanal, aprender a organizarse las tardes haciendo listas de actividades y responsabilidades y, sobre todo, enseñarles a cómo usar la música como momento de distensión, relajación y evasión de otras tareas más estresantes como por ejemplo, dedicarle unos minutos a tocar en el descanso del estudio preparatorio de un examen con un duro temario.

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Evidentemente, hay que aliarse con los padres: hablar con ellos de los posibles problemas que pueda presentar su hijo, ofrecerles asesoramiento y consejo desde la experiencia, informales de cómo y por qué deben ayudar a su hijo a que siga su camino en el aprendizaje de la música , guiarles a cómo no desvincular las actividades de música de sus responsabilidades académicas y, por encima de todo, llegar a conseguir que confíen en ti, el profesor de música, como una pieza clave e indispensable en la educación integral de sus hijos.

 

CONCLUSIÓN

Probablemente, piensen que dicho análisis es demasiado profundo y tremendista para un hecho tan insignificante como a algunos le puede parecer la situación supuesta, pero, en realidad, es una inmejorable situación para hacer pedagogía de la experiencia, pudiendo hacer crecer y aflorar excelentes valores de los cuales, por supuesto, se verá beneficiado más allá de la música y a lo largo de toda su vida.

Por otro lado, puede que en un principio, y sobre todo para los menos experimentados, de respeto el meterse en cómo una familia debe gestionar la formación y educación de sus hijos, pero yo opino que hay que dejarse aconsejar por aquellos que se dedican a trabajar con ellos, con los que tratan día a día a cientos, ya que para algo son profesionales de la educación.

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No son nuestros hijos, pero también queremos lo mejor para ellos, y hablo en plural, porque mi incluyo plenamente. Trabajan con múltiples de casos, perfiles e individuos distintos y similares a la vez, teniendo una perspectiva global del sector y de las materias primas, lo cual ayuda a detectar los posibles problemas con efectividad y a plantear diversas y ya experimentadas formas de cómo solucionarlo.

En cambio, si se ignora, comprende y/o cede, no estamos haciendo, para nada, un favor al alumno, ni a su familia, ni a la educación musical.

Todo sea por una mejora de la calidad y valor de la enseñanza musical en escuelas de música y conservatorios elementales y profesionales, concienciación de profesores, padres, madres, instituciones y alumnos, y de que nuestra labor pueda alcanzar la magnitud que puede, debe y merece.

 

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Teóricamente y considerado uno de los cinco elementos principales de la inteligencia emocional, el autocontrol es la capacidad que nos permite controlar los estados de ánimo que nos alteran, siendo necesario para ello y en primer lugar, ser conscientes de nuestras emociones, es decir, todo lo relacionado con la habilidad (ya abordada) del autoconocimiento. auto4Sentimientos como la ira, la rabia, el enfado, la preocupación y la tristeza provocan en nosotros alteraciones en nuestra conducta y nuestro estado de ánimo. Controlar todas estas emociones negativas constituye una ardua y constante tarea, de hecho y según los estudios de varios psicoanalistas*, todo lo que hacemos en nuestro tiempo libre, desde descansar hasta entretenernos de cualquier forma, son intentos de llegar a sentirnos mejor y alejarnos de aquello que nos perturba y nos aleja del bienestar emocional.

Enfadarse es normal, natural y normalmente viene dado por la interpretación o juicio que nosotros mismos hemos emitido sobre el hecho o acontecimiento que lo ha provocado. El enfado es considerado como la emoción negativa más seductora, ya que proporciona argumentos convincentes de “ajuste de cuentas”, nos hace sentir que dicha descarga está justificada y tiene un porqué racional.

Los estados de ira y de rabia se caracterizan por ser emociones de tristeza muy fuertes e intensos, tan intensos que la persona que lo experimenta se siente incapaz de perdonar y está cerrada a todo razonamiento. En estos casos se actúa sin considerar las posibles consecuencias de sus actos y pone en primer plano nuestro lado más primitivo, brutal y rudimentario en cuanto a lo conductual se refiere.

La catarsis, es decir, el hecho de dar rienda suelta a nuestro enfado, esta popularmente aceptado como un modo adecuado de despojarnos y controlar nuestra irritación, pero estudios específicos* demostraron que esto no es así, porque lejos de mitigar esa sensación de descontrol, la aumentan aunque, por otro lado, si es verdad que puede llegar a provocar sensaciones de placer. Realmente, la única forma de provocar un estado de enfriamiento del enfado es, alejarse del foco que está provocando dicha emoción acompañándolo, además, con pensamientos y realización de tareas que nos lo hagan pasar bien, distraernos, ya que es difícil estar enojado si otra cosa nos está haciendo sentir placer y bienestar en general.

 

 

Otra emoción, es la ansiedad, producida, a su vez, por un ciclo de preocupación que consiste, básicamente, en una anticipación ante los peligros que la vida pueda presentarnos y la búsqueda de soluciones positivas para evitarlos y combatirlos. La falta de autocontrol sobre el ciclo de la preocupación puede producir que miedos, fobias u obsesiones protagonicen un secuestro emocional que, si se intensifica mucho, puede desembocar en auténticos ataques y desequilibrios nerviosos. Las preocupaciones suelen estar presentes en nosotros a través de los pensamientos, por ello, la solución más eficaz es alejar la mente de dichas preocupaciones, sustituirla por otros quehaceres y realizar ejercicios físicos que nos ayuden a relajarnos y a mantenernos lejos de aquello que nos perturba.

La tristeza es, posiblemente, el estado de ánimo más común y del que más gente quiere despojarse, lo que muchos no saben es que no deberíamos de evitar toda la tristeza, pues tiene sus facetas positivas. La tristeza es una emoción que va en nuestro código genético y nos ha ayudado siempre a evolucionar y a sobrevivir, ya que cuando, por ejemplo, sufrimos una experiencia muy negativa (como una gran pérdida) nos permite crear un refugio reflexivo pudiendo así ralentizar nuestro ritmo de vida y llevar a cabo los ajustes psicológicos pertinentes para adaptarnos a la nueva situación. En cambio, no debemos confundir la tristeza con la depresión, un estado de tristeza profunda permanente que, a grosso modo, nos quita las ganas de vivir y nos despoja de, prácticamente, todas las habilidades emocionales que poseemos.

 

INFORMACIÓN SOBRE EL LIBRO “INTELIGENCIA EMOCIONAL” (1996) DE D. GOLEMAN

 

En verdad, existen muchas actividades y técnicas para despojarnos de las malas sensaciones. Algunos de estos elevadores de ánimo pueden ser: el llanto, ya que ayuda a desahogarnos y a reducir la angustia, divagar e imaginarnos cosas agradables o soñadas, ejercicios físicos y técnicas de relajación en general, y, sobre todo, exponernos a alguna experiencia de entretenimiento que nos guste mucho como ver una película, escuchar música, leer, participar en eventos, etc… Nosotros no podemos decidir racionalmente no enfadarnos, lo que sí podemos hacer es tener herramientas para controlar estos estados y, sobre todo y lo más importante, desarrollar habilidades personales que eviten o mermen su aparición y/o intensidad.

 

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MÚSICA Y AUTOCONTROL

La interpretación musical en directo y los escenarios en general, por su propia naturaleza, nos hacen exponernos a situaciones de estrés y ansiedad, por ello, cada vez que realizamos una audición o concierto que vaya a requerir el cien por cien de nuestro nivel interpretativo y concentración, es una magnífica oportunidad para hablar de qué y cómo podemos hacer para que nuestro subconsciente emocional no nos arruine el trabajo previo, arrojándonos a vivir una experiencia, como mínimo, agria.

Para que resulte realmente eficaz y provechoso, es necesario realizar pedagogía de la experiencia que vivimos durante una audición. Para ello es necesario dividirlo en tres fases: la preparación, el directo y las conclusiones.

          +La preparación: En la fase previa, es importante imaginarse el futuro instante como algo, en general, bueno, agradable y provechoso. Es necesario interiorizarlo como una oportunidad para materializar el esfuerzo realizado; te has preparado para hacer música y lo vas a demostrar. Es muy aconsejable investigar distintas técnicas de controlar los nervios y la ansiedad como, por ejemplo, mantener la concentración racional en puntos concretos y estratégicos (el ritmo, la afinación, la musicalidad, etc…), evitando así que la mente empiece a generar pensamientos de miedo o preocupación. También es muy importante tener conocimiento y control sobre el ciclo del aire-respiración como técnica de relajación, pudiéndose realizar ejercicios previos específicos. No olvidemos que siempre podremos experimentar todo esto haciendo pre-audiciones privadas ante amigos y familiares, pues nos servirá de gran ayuda.

          +El directo: Ha llegado la hora de poner en práctica todo lo trabajado. Es muy importante tener una actitud proactiva, es decir, pensar que todo va a salir bien, está controlado y, ante todo, se va a disfrutar de la experiencia. ¡Suerte!

           +Conclusiones: Es hora de comparar y sacar conclusiones. ¿Qué sensaciones has vivido? ¿Sentías el control de tus movimientos y pensamientos? ¿Has logrado poner en práctica las técnicas trabajadas? ¿Esperabas este resultado? Y un largo etcétera de preguntas que nos tendremos que formular y responder si queremos que todo esto tenga repercusiones positivas en futuras ocasiones y, sobre todo, para nuestra inteligencia musical. Además, es muy recomendable extrapolar este tipo de procesos y experiencias con otras situaciones emocionalmente similares a las que nos podemos vernos expuestos en la vida, como puede ser una entrevista de trabajo o una fuerte discusión con alguien.

 

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Tanto para docentes como para intérpretes profesionales o amateur, es muy aconsejable ser conscientes y activos divulgadores de estas prácticas, pues pueden mejorar la experiencia y así ayudar a usar todo aquello que las música nos brinda para el desarrollo íntegro del individuo. Espero que hayáis disfrutado y aprendido con este artículo que vincula y resalta el valor que surge al interrelacionar disciplinas como la inteligencia emocional, la pedagogía y la música.

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Eduardo Sánchez-Escribano García de la Rosa

*Los estudios científicos y sus protagonistas a los que se hace alusión en el presente texto están nombrados y detallados en el libro Inteligencia Emocional, de Daniel Goleman.

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Como ya os avancé en la primera entrega de esta colección de entradas, sigo invitando a adentrarse en el mundo de la inteligencia emocional y el tremendo vínculo que guarda con la música (es imprescindible leer la primera entrada si no se poseen conocimientos específicos en la materia).

Una vez expuesto un marco y contextualizado teóricamente, vamos a abordar el tema desde una perspectiva más pragmática, la cual se puede experimentar y practicar activamente en el aula, tanto de forma directa como indirecta y de refuerzo para nuestras actividades cotidianas.

Como podremos recordar, los principales elementos de los que se compone la inteligencia emocional son: el autoconocimiento, el autocontrol, la automotivación, la empatía y las habilidades sociales.

 

EMOCIONES

 

SOBRE EL AUTOCONOCIMIENTO

La expresión que ya advertían las enseñanzas socráticas “conócete a ti mismo”, es decir darse cuenta de los propios sentimientos en el momento que éstos tengan lugar, constituye la piedra angular de la inteligencia emocional.  Reconocer nuestras emociones y el modo en el que afectan a nuestro comportamiento es muy valioso, pues nos permitirá manejar y expresar nuestros sentimientos de forma adecuada, siendo esto imprescindible para valor cuáles son nuestros principales puntos débiles y fuertes.

auto4Para que se dé este tipo de conciencia de uno mismo, lo emocional y lo cognitivo tienen que interactuar. A causa del propio funcionamiento natural del cerebro humano, en primer lugar se perciben y sienten las emociones y, en segundo lugar, se interpretan y comprenden. Cada ser humano es único en lo que a la autoconciencia emocional se refiere y ésta es imprescindible para establecer una relación sana con uno mismo y con el entorno que le rodea. Según el psicólogo John Mayer, todos somos conscientes de sentir y percibir emociones pero, después, diferencia entre tres estilos de personas en cuanto a la forma de atender y tratar con sus emociones:

     +Personas conscientes de sí mismas: éstos son conscientes,  reconocen y controlan sus estados de ánimo mientras los experimentan. En general gozan de una vida emocional más desarrollada; son autónomas, conscientes de sus propias fronteras, tienen una visión positiva de la vida en general y cuando caen en un estado de ánimo negativo no se obsesionan y, en consecuencia, no tardan en salir de él.

     +Personas atrapadas en sus emociones: a este grupo corresponden aquellos que son esclavos de sus emociones, sintiéndose desbordados por éstas y sin ser capaces de escapar de ellas. Generalmente, son menos conscientes de su vida emocional y, por ello, controlan menos su vida emocional, cayendo con más facilidad en estados de ánimo negativos.

     +Personas que aceptan resignadamente sus emociones: los pertenecientes a este grupo se caracterizan por ser plenamente conscientes de lo que sienten pero, en cambio, aceptan pasivamente sus estados de ánimo, ya que no se encuentran con capacidad para cambiarlos o modificarlos si éstos son malos. Son proclives a los estados de ánimo negativos y se suelen encontrar poco motivados.

 

INFORMACIÓN SOBRE EL LIBRO “INTELIGENCIA EMOCIONAL” (1996) DE D. GOLEMAN -IMPRESCINDIBLE-

 

MÚSICA: VÍA DIRECTA AL AUTOCONOCIMIENTO

Si de algo se tiene que hablar en las clases de música es, tristemente y a pesar de que no sea lo cotidiano, de emociones y sentimientos; cómo generarlos, transmitirlos, la importancia que tienen en las personas y, por supuesto, cómo gestionarlos a través de los sonidos.auto1 Cómo ya he advertido antes, la raíz del autoconocimiento es el ser conscientes de nuestras propias emociones, siendo esto, a su vez, un requisito imprescindible para realizar una interpretación musical de calidad, pues sin introspección emocional no es posible la expresión y, como de sobra está demostrado por la ciencia, es una de las actividades que más potencian cerebralmente la interacción entre nuestras habilidades emocionales y cognitivas.

Como ejemplo para practicar o desarrollar esta habilidad propongo la siguiente actividad:

         +Reunimos a dos o más alumnos en clase y les proponemos, como mínimo, tres sentimientos básicos o emociones como, por ejemplo, la alegría, la tristeza y el enfado/rabia. Seguidamente, cada alumno tendrá que elegir libremente un conjunto de sonidos (escalas, melodías inventadas, notas largas, improvisaciones, etc…) mediante el cual tendrá que transmitir a los demás a alumnos y al profesor cada una de las emociones propuestas para el ejercicio. Los alumnos irán saliendo de uno en uno al frente de los demás y, sin avisar previamente la emoción que interpretará, tocará cada una de las propuestas expresivas que ha pensado. A continuación, tanto el propio intérprete como los oyentes tendrán que adivinar (por escrito) cuál de los sentimientos propuestos ha ejecutado y, además, calificará del 1 a 5 el grado de intensidad con el que percibido el mensaje musical. El intérprete, que únicamente podrá disponer de un solo intento y también se autocalificará, podrá comparar al finalizar lo que ha intentado trasmitir y lo que a los demás realmente les llegó, lo que viene a ser un proceso de “feedback emocional”. En esta actividad pueden participar alumnos de cualquier nivel, incluido el profesor como intérprete activo, siendo aconsejable adaptar la dificultad de los contenidos emocionales al nivel de los participantes.

Si has leído el artículo y te atreves a dar rienda suelta a tu creatividad pedagógica y musical, te animo a que comentes este artículo y propongas una actividad musical a través de la cual podamos ejercitar el autoconocimiento, tanto personalmente como en el aula. ¡Anímense! Juntos podemos crear una gran cartera de recursos.

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Eduardo Sánchez-Escribano García de la Rosa.

 

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