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“NO PUEDO, TENGO QUE ESTUDIAR”. EPIDEMIA EN LAS AULAS DE MÚSICA

(Un día cualquiera, en un aula de instrumento cualquiera y un profesor de música cualquiera con un alumno que acaba de entrar por la puerta. Supongamos que éste tiene entre diez y catorce años, por ejemplo)

Profesor: (Alegre y entregado) ¡Hola! ¿Qué tal todo? ¿Cómo fue la semana?

Alumno: (Tímido y cabizbajo) Bien…

Profesor: (Asiente decepcionadamente con la cabeza,  ya sabe lo que pasa, no es el primer ni último caso similar) ¿Seguro? ¿Qué tal te ha ido con el material que tenías que trabajar esta semana? (Pregunta intencionadamente)

Alumno: Es que… esta semana no he podido dedicarle tiempo porque TENÍA MUCHOS EXÁMENES Y MUCHO QUE ESTUDIAR.

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Está hipotética situación refleja el día a día de las escuelas de música y, posiblemente, en algo de menor medida, de los conservatorios elementales y profesionales. Con esto no quiero decir que todos los alumnos, todos los días, no estudien y/o practiquen los contenidos a trabajar en las clases, ni mucho menos, pero sí se puede decir que es algo bastante habitual y depende, en su práctica totalidad, de los rasgos actitudinales de los jóvenes, el (a veces) excesivo volumen de actividades, exigencias y responsabilidades a las que éstos son sometidos y, en su conjunto, cómo todo ello es  gestionado por los que pueden y deben velar por su educación y valores: padres, madres y profesores.

Partiré de un análisis previo del contexto, entorno y factores que intervienen e interactúan actualmente, y según mi perspectiva, en  la educación musical de los más jóvenes.

1) Infinidad de distracciones tecnológicas y digitales para los que empiezan a tener un acceso independiente a las mismas (más o menos, la edad planteada anteriormente), es decir, móviles, tabletas, portátiles y demás dispositivos habidos y por haber con sus respectivas aplicaciones, juegos y redes sociales. Los alumnos, a veces argumentan su continuo y excesivo uso como herramientas que necesitan para estudiar y formarse pero, en realidad, en muchas ocasiones, no le dan ese uso, sino única, exclusiva e íntegramente para el ocio (ocio que, a su vez, es muy susceptible de convertirse en adicción)

2) Cada caso es un mundo y depende mucho del entorno, pero, en muchas ocasiones, cuesta bastante que los jóvenes adquieran la necesidad y responsabilidad de esforzarse en conseguir buenos resultados, más allá de la ley del mínimo esfuerzo y por su propio bien.

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3) En contraste, y agravando la brecha respecto al punto anterior, también se suele dar la figura paternal de la exigencia máxima en cuanto a la excelencia académica se refiere. Los dieces a cualquier precio, dando igual cuánto pagar respecto a sacrificios, preferencias, gustos, pasiones y, por supuesto, “invitar” (por no utilizar otra palabra menos permisiva) a dejar a un lado todo lo que te aleje de ello, provocando la absorción de la plena “cultura de la funcionalidad”.

4) Los niños consumen y están expuestos a una cantidad de información abismalmente mayor respecto a las que generaciones anteriores disfrutaron, provocando que empiecen antes, y de una forma más variada y profunda, a configurar su sistema de valores y su forma de relacionarse estratégicamente con el entorno (las habilidades sociales). La tecnología y los medios digitales les proporcionan una ventana al mundo que debe de gestionarse y atender debidamente por aquellos sobre los que recae dicha responsabilidad.

5) Los jóvenes realizan multitud de clases y actividades extraescolares, ocupando todos sus ratos libres y, a veces, hasta los fines de semana. Éstas, a pesar de que pueden significar (y significan) una parte muy importante, prácticamente esencial, en las vidas y formación de los escolares, pueden llegar a ser muy intensas, agotadoras, ocuparles mucho tiempo o, incluso, traer consigo más responsabilidades de estudio y quehaceres semanales, como puede ser el caso de la música, necesitando una buena planificación y organización de las mismas si se quieren aprovechar como algo beneficioso y no como un lastre.

6) Las clases de música, fuera de la escolaridad,  pueden significar, tanto para alumnos como para padres y madres (aunque, a veces y tristemente,  hasta para los mismos profesores), desde una actividad primordial y esencial para la formación integral del individuo, hasta la última prioridad; aquel sitio donde van a entretenerse y a pasar el rato mientras “yo hago la compra y pago las multas”.

7) Supremacía absoluta y omnipotente de los estudios obligatorios frente a cualquier otra cosa en este mundo, olvidando que los títulos y la formación reglada no es exclusivamente lo necesario para desarrollarse con éxito personal y socialmente. Obviamente, es extremadamente importante, imprescindible, pero no debemos enfocarlo y abordarlo como algo exclusivo y excluyente, más bien, yo diría que preferente y compaginable.

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8) Un sistema escolar que exprime, agota y consume a los alumnos a deberes y tareas extras, que, muy frecuentemente, confunde la cantidad con la calidad de las actividades y les ocupa gran parte de su “tiempo libre” desde, en muchos casos, muy temprana edad. A todo ello, evidentemente, hay que sumarle las entre 5 y 7 horas que ya pasan dentro del recinto educativo a diario.

Teniendo en cuenta todos los factores anteriormente expuestos, pueden darse tres principales razones que lleven a un alumno a vivir el ejemplo expuesto en la cabeza del texto, a pronunciar las palabras mágicas: “no puedo/pude, tengo/he tenido que estudiar”.

 

1- ¿MIENTE Y MANIPULA? ¿SE ENGAÑA A SÍ MISMO?

Análisis:

El alumno no ha estudiado, y no porque no haya podido, sino porque no ha querido. Él, ya empieza a saber qué argumentos le pueden hacer eludirse de sus responsabilidades y, decir “tengo mucho que estudiar”, cree (y sabe) que le permitirá cosechar una justificación comúnmente aceptada y generalizada, tanto de cara a los profesores de música como para sus propios padres.

En otras ocasiones, los alumnos llegan hasta no asistir a las clases de música basándose en esta misma justificación, convirtiéndose en una práctica bastante habitual. Ellos saben que si emiten la fórmula secreta, los padres aprobarán muy gustosamente la falta aunque, incoscientemente, no les estén haciendo ningún favor.

Puede que a veces sientan la verdadera necesidad de sacrificar las clases extraescolares para sacar adelante sus tareas o exámenes, pero ese comodín no puede ser usado de una forma tan gratuita como se emplea en algunas ocasiones, y el papel de los educadores y padres es saber detectar y gestionar adecuadamente este tipo de situaciones.

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¿Qué hacer?

Es muy importante aprender a profundizar en cada caso, es decir, saber si realmente no ha dedicado nada de tiempo a las clases de música porque no ha querido o porque no ha podido, lo cual me parece, a priori, tan extraño como preocupante, porque no es para nada recomendable (ni común) que un niño con, por ejemplo, doce años, tenga que llegar a esa situación (de ello hablo en puntos posteriores)

En estos casos, no hay que recriminar al alumno sin más, hay que dialogar, tanto con él como con sus padres.

[ARTÍCULO RECOMENDADO: MAMÁ, PAPÁ, QUIERO IR AL CONSERVATORIO.]

Hay que permanecer cercano al alumno y hacerle entender la rotunda importancia que tiene la constancia, la perseverancia y la regularidad en el proceso de aprendizaje de los instrumentos y habilidades musicales. Hacerle ver que no existe otra manera de conseguir lo que, supuestamente, ha ido a aprender a las clases de música.

Algunas veces, el problema es que al joven no le gusta nada lo que hace en las clases de música; no está motivado, no le encuentra sentido, se aburre y distrae constantemente, etcétera. De esta forma, obviamente no va a esforzarse. Le puedes obligar, castigar, suspender y amenazar, pero lo único que conseguirás es, en un periodo muy corto de tiempo, tener un alumno menos y, probablemente, que acabe odiando la música.

[INTELIGENCIA EMOCIONAL Y MÚSICA: LA IMPORTANCIA DE LA AUTOMOTIVACIÓN EN EL AULA (PARTE 4/6)]

Es difícil, nadie dijo jamás que fuera de otra forma, pero hay muchas formas de hacer vivir la música como algo positivo y que merezca la pena a un alumno de estas edades. Hay que esforzarse, conocerle más, buscar alternativas y experimentar con todo tipo de actividades y herramientas, no siendo necesario renunciar a los contenidos y materiales que se quieran trabajar (programación), simplemente, hay que encontrar otros caminos de llegar hasta ese punto en el que el alumno está motivado, le guste lo que hace, lo entienda, lo vea accesible y esté dispuesto a organizarse mejor y sacrificarse para seguir adelante.

El contacto con los padres, en general, es importante, pero en estos casos es imprescindible. Ellos son los cómplices directos del proceso de aprendizaje, pues si un alumno te argumenta con frecuencia que no ha podido estudiar, lo deben saber y se debe de investigar si eso ha sido cierto o no (muy importante), guiarles en cómo ayudar a sus hijos en lo que a la educación musical respecta, hacerles ver y sentir el valor real que tiene para los jóvenes el verse involucrados en introducir la música en sus vidas, etcétera.

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Lo más importante, desde mi punto de vista, es el demostrarles que puede que los niños utilicen estratégicamente el “no puedo, tengo que estudiar”, para evitar sacrificios y evadir responsabilidades. Ese es un comodín que hay que gastar cuando sea estrictamente necesario y no de una forma tan gratuita como muchos de los alumnos de hoy en día hay aprendido a usar, pues saben que “haciéndose los responsables” (en el plano académico) conseguirán todo lo propuesto y el favor y admiración de sus progenitores y profesores.

 

2- SOBRECARGA DE ACTIVIDADES

Análisis:

Colegio/instituto, catequesis, música, baile, inglés, patinaje, clases de apoyo, fútbol, pintura, artes marciales, comparsas, campamentos… Éstas, y además de otro sinfín de actividades, suelen ser frecuentadas semanalmente los escolares. De toda esta muy resumida lista, los jóvenes suelen combinar tres o más actividades, ocupándoles algunas de ellas varias horas en días distintos.

Son niños, es decir, ciertamente envidiosos e impulsivos; si un amigo se apunta a “lo que sea”, ellos se quieren apuntar, y si ofertan una actividad nueva en las extraescolares a su alcance, ellos quieren ser los primeros en experimentar.

Son terremotos, pueden con todo, rebosan energía, pero tienen un límite y, si lo sobrepasan, ya puede ser tarde. Hay que ser conscientes y tomar las medidas y decisiones oportunas.

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A todo ello, y como ya he indicado en el análisis previo, hay que sumarle la abismal carga lectiva de deberes y tareas para casa que, día a día, acumulan y linchan a los alumnos de cualquier nivel. Este problema es un tema que está en plena vanguardia de debate, recibiendo y sumando opiniones, enfrentamientos y críticas por parte de todo el colectivo de docentes, instituciones educativas y asociaciones de padres y madres de alumnos del país.

¿Qué hacer?

Los padres deben de saber y ser conscientes de las inquietudes y capacidades de sus propios hijos, guiándoles respecto a ello.  Ellos siempre van a querer lo mejor para ellos, pero también deben de pedir consejo y asesoramiento a los profesionales de la educación, y el profesor, en consecuencia, responder.

POR FAVOR, ESCUCHEN AL PROFESOR DE MÚSICA.

El hecho de realizar muchas actividades extraescolares puede que les consuma poco a poco, o que no lleguen a beneficiarse de alguna de ellas todo lo que podrían, como es en el caso de la música.

La música, el colegio/instituto y otras tres o cuatro actividades extraescolares más, no siempre son compaginables y hay que tomar decisiones: hay que priorizar y optimizar. Se puede dar el caso de que haya “niños superhéroes” que saquen satisfactoriamente adelante cualquier actividad en la que se vean involucrados, por muchas y distintas que se les echen encima, pero eso tiene un límite, y algún día se pueden llegar a estresar o derrumbar moralmente ante esa presión. El vaso se va llenando hasta que no entra ni una sola gota más.

Yo que les voy a decir, y si no lean cualquiera de los contenidos existentes en este blog, pero, en caso de tomar decisiones y prioridades, yo les animo a que sea la música una de esas actividades elegidas y prioritarias.

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Al contrario que otras actividades extraescolares, la música requiere un tiempo de estudio y dedicación fuera del tiempo de clase. Si ni los alumnos ni los padres están dispuestos a ser constantes y perseverantes, es mejor que lo dejen, porque lo único que van a conseguir es frustración: primero ante la evolución de otros alumnos y la correspondiente e inevitable comparación que entre ellos se suele dar y, segundo, con el propio no desarrollo de sus habilidades y conocimientos musicales, pues éstos necesitan sentir ciertos avances para sentirse continuamente motivados.

LA MÚSICA Y EL BAMBÚ JAPONÉS: NO APTOS PARA IMPACIENTES

 

3- MALA GESTIÓN DEL TIEMPO.

Análisis:

En el tercer caso, los alumnos presentan las capacidades necesarias y abarcan un número de actividades bastante asumibles y compaginables, pero lo que les falta es saber (y querer hacerlo) el cómo gestionar las clases, el estudio, el ocio y las propias inquietudes y aficiones que vayan adquiriendo por el camino.

Van sacando todo adelante, con altos y bajo en su motivación y rendimiento, pero se van salvando de todo con resultados no superiores al notable (con algún desliz) y no ciertamente irregulares.

Algunos de éstos se esfuerzan, pero no gestionan bien su tiempo y sus quehaceres. Empiezan a tener una cierta libertad en cuanto al estudio y al ocio, pero no siempre responden bien ante la responsabilidad que esto supone.

A ciertas edades ya poseen acceso ilimitado a tecnologías y medios digitales como móviles, tabletas, ordenadores, videoconsolas o redes sociales. Como bien sabemos todos, pueden suponer un vertedero de tiempo desorbitado para los que aún no hayan desarrollado las competencias de cómo gestionar el tiempo que dedicamos a cada cosa respecto a lo que ésta nos aporte. Si incluso para los más adultos, y, supuestamente, más maduros y responsables, ya es un gran reto al que nos enfrentamos cada día, imagínense para un joven de entre once y catorce años. (No hay nada más que ver la tremenda adicción que los chicos y chicas de esta franja de edad empiezan a tener con los teléfonos móviles).

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Todo ello, puede provocar que, a lo largo de una semana, no hayan tenido (o querido sacar) tiempo para dedicárselo a algo más allá que a lo estrictamente necesario, como puede ser sacar un suficiente en lo que sea, pues lo importante para muchos de éstos es aprobar y no repetir: ley del mínimo esfuerzo y la vida sigue.

En estos casos, cuando atraviesan la puerta del aula de música y dicen el famoso “no he podido, tenía mucho que estudiar”, en realidad se refieran a “no he estudiado nada porque el poco tiempo que he invertido en esforzarme en algo, lo he dedicado a estudiar para aprobar algún examen en el que espero sacar un cinco (y lo celebraré) para no suspender, no tener que repetir, que no me castiguen y poder seguir haciendo lo mismo que, por otro lado, me está yendo más o menos bien”.

Éste es un claro ejemplo de falta de ambiciones, sueños, afán por hacer las cosas bien, respeto por aprender y, a menudo, estaríamos hablando de jóvenes que pasan horas incontables al frente de televisiones, ordenadores, móviles y consolas o, por otro lado, el otro perfil de alumnos, aquéllos que empiezan a pasar horas y horas (muchas) en la calle, y a saber haciendo el qué.

En otras ocasiones no es cuestión de pérdida de tiempo, o de mala gestión vista desde el pasotismo, sino del mal uso, o uso descompensado, de lo más preciado que tenemos: las horas y los minutos, algo que debemos de aprender desde muy pequeños.

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No siempre el esfuerzo realizado y el resultado obtenido son recíprocos. A lo mejor, se esfuerzan pero no cosechan lo que deberían o les gustaría; ineficiencia de estudio, invierten tiempo de más en cosas que no lo requieren, sufren inseguridades que les hacen pensar que no rinden lo suficiente, o miedos en general entre otras causas.

¿Qué hacer?

Para el primer caso expuesto, para los pasotas, en primer lugar es muy importante hablar con ellos seriamente: hacerles ver la importancia que tiene la perseverancia en la práctica de la música, invitarles a que hagan una autocrítica del uso que hacen de las tecnologías, sentirles ver si desean y quieren seguir aprendiendo música, así como todos los beneficios que ésta les puede aportar en sus vidas (aquí es muy importante el papel motivador del docente como guía), además, se puede aprovechar para realizar una importante enseñanza y ejemplificación de valores personales.

LA HUMILDAD COMO VALOR TRANSVERSAL EN LA MÚSICA

En el segundo, el de los quiero y no puedo (supuestamente, y aunque eso dicen muchos, pero mienten) hay que ayudarles a saber cómo gestionar el estudio de las tareas musicales en épocas o momentos más complicados y de estrés y agobio. Para ello, se pueden realizar cuadrantes de estudio semanal, aprender a organizarse las tardes haciendo listas de actividades y responsabilidades y, sobre todo, enseñarles a cómo usar la música como momento de distensión, relajación y evasión de otras tareas más estresantes como por ejemplo, dedicarle unos minutos a tocar en el descanso del estudio preparatorio de un examen con un duro temario.

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Evidentemente, hay que aliarse con los padres: hablar con ellos de los posibles problemas que pueda presentar su hijo, ofrecerles asesoramiento y consejo desde la experiencia, informales de cómo y por qué deben ayudar a su hijo a que siga su camino en el aprendizaje de la música , guiarles a cómo no desvincular las actividades de música de sus responsabilidades académicas y, por encima de todo, llegar a conseguir que confíen en ti, el profesor de música, como una pieza clave e indispensable en la educación integral de sus hijos.

 

CONCLUSIÓN

Probablemente, piensen que dicho análisis es demasiado profundo y tremendista para un hecho tan insignificante como a algunos le puede parecer la situación supuesta, pero, en realidad, es una inmejorable situación para hacer pedagogía de la experiencia, pudiendo hacer crecer y aflorar excelentes valores de los cuales, por supuesto, se verá beneficiado más allá de la música y a lo largo de toda su vida.

Por otro lado, puede que en un principio, y sobre todo para los menos experimentados, de respeto el meterse en cómo una familia debe gestionar la formación y educación de sus hijos, pero yo opino que hay que dejarse aconsejar por aquellos que se dedican a trabajar con ellos, con los que tratan día a día a cientos, ya que para algo son profesionales de la educación.

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No son nuestros hijos, pero también queremos lo mejor para ellos, y hablo en plural, porque mi incluyo plenamente. Trabajan con múltiples de casos, perfiles e individuos distintos y similares a la vez, teniendo una perspectiva global del sector y de las materias primas, lo cual ayuda a detectar los posibles problemas con efectividad y a plantear diversas y ya experimentadas formas de cómo solucionarlo.

En cambio, si se ignora, comprende y/o cede, no estamos haciendo, para nada, un favor al alumno, ni a su familia, ni a la educación musical.

Todo sea por una mejora de la calidad y valor de la enseñanza musical en escuelas de música y conservatorios elementales y profesionales, concienciación de profesores, padres, madres, instituciones y alumnos, y de que nuestra labor pueda alcanzar la magnitud que puede, debe y merece.

 

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Eduardo Sánchez-Escribano García de la Rosa.

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(Este NO es un post patrocinado)

Cierto es, y además de verdad, que me encuentro algo confundido actualmente sobre los cánones, muestras y grados de confianza que ejercemos las personas entre nosotros mismos, tanto entre gente de un mismo círculo como entre desconocidos.

Por un lado, existe y está extendida la idea de que ahora la gente confía menos entre sí, juicio que se ve fuertemente reforzado cada vez que abrimos un periódico o sintonizamos cualquier programa de noticias convencional pero, por otro lado, existen otras contrastantes experiencias que te hacen, de forma automática, sentirte más humano y profundamente realizado, o por lo menos esas son las sensaciones que brotan en mí cuando me expongo a ciertas vivencias.

man-802120__340Debido a mi trabajo (músico), me expongo a una vida total o parcialmente nómada (a rachas), además, al tener que transportar normalmente uno o varios de mis instrumentos, y sumado al equipaje y otros materiales que cualquier persona lleva consigo cuando realiza viajes, me resulta más cómodo y funcional trasladarme en mi vehículo que en otros medios de transporte como el autobús de línea o el tren.

Dicho todo lo anterior, es necesario que nombre y agradezca la existencia de plataformas de economía colaborativa como es el caso de BlaBlaCar (creo que no es necesario ahondar ya que es bastante popular). Para mí, más que una empresa es una oportunidad, siendo también preciso comentar que ésta no es la única plataforma que ofrece a los usuarios viajeros el servicio de compartir vehículo en sus desplazamientos, ya que existen otras que ofrecen similar prestación, aunque no exactamente igual, o al menos eso tengo entendido porque, sinceramente, no he usado ninguna de éstas otras al estar plenamente conforme con la mía de confianza.

Personalmente, más allá de abaratar los costes de un viaje convencional de trabajo u ocio, me parece una experiencia especial y sin precedentes en nuestras vidas cotidianas, o al menos en la mía. Publicas o buscas tu viaje, concretas y quedas en un punto y hora exactas, te presentas a todas las personas con las que vas a viajar y… ¡ta-chán! Empieza la magia. Repentinamente, te encuentras en el interior de un vehículo con entre uno y cuatro desconocidos a los que previamente solo has conocido por una foto de perfil y un puñado de repetitivos y despersonalizados comentarios de otros usuarios.

Sea como fuere, ya estás dentro, confiando en otras personas para que se metan en tu coche o para que te desplacen de un lugar a otro, y el coche ya ha echado a andar para, muy posiblemente, unas cuentas horas. Entonces, rápidamente, el más avezado de todos inicia una conversación lanzando algún comentario o típica pregunta para romper el hielo. Los comienzos son siempre bastante similares, por no decir prácticamente calcados, pero, a partir de esa enlatada situación, cada viaje suele resultar una experiencia personal sin precedentes.

En verdad, podría enumerar decenas situaciones anecdóticas (ninguna negativa o alarmante) que he presenciado con las aproximadamente ciento cincuenta personas con las que me habré podido topar ya en BlaBlaCar (eso daría para dos o tres artículos, al menos), personas, a su vez, de todo tipo de edades, ideologías, empleos, niveles de estudios y experiencias personales, procedencias (nacionales e internacionales), etcétera.

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Es precisamente esa diversidad, la obligada espontaneidad del momento y la ubicación que todos presentan fuera de su zona de confort social como punto de partida, la que convierte dicho viaje en una situación difícil de vivir en un contexto ajeno a éste, pues muy raramente te vas a sentar durante, posiblemente, cerca de tres o cuatro horas con desconocidos, gente, a priori, distinta a ti y con muchas cosas por descubrir y compartir los unos con los otros y los otros con los unos. Además, existen altas posibilidades de que no te vayas a encontrar con ninguna de esas personas ninguna vez más en tu vida.

 

UN MÚSICO EN BLABLACAR…

Ahora bien, pasado el preludio en el que he desnudado vagamente mi visión y experiencia como usuario de esta comunidad, me gustaría profundizar en lo que específicamente me respecta como joven profesional de la música.

Se podría decir que los músicos, quitando nuestras familias, amigos de la infancia y otros reducidos círculos de personas cercanas a nosotros, no entramos en contacto frecuentemente con terceras personas ajenas a nuestra profesión o, mejor dicho, a nuestra forma de vida, puesto que ser músico supone algo más que el mero hecho dedicarse a algo laboralmente.

ESCENARIO

El hecho de viajar en BlaBlaCar siendo músico te hace de sentirte ciertamente “peculiar” respecto al grueso de la gente con la que coincides y con vidas aparentemente “más normales”, aunque te puedes encontrar con personas e historias absolutamente increíbles e inimaginables.

Dicho esto, me gustaría enumerar ciertas ideas, criterios, estereotipos, juicios y otros denominadores en común que he encontrado y he sacado en claro de las conservaciones y experiencias vividas hasta ahora.

1- Músico = hombre orquesta

Este estereotipo es de lo más generalizado. Aquellas personas que no han conocido previamente a nadie que se dedique plenamente a este arte como profesionales, suelen pensar que, por el mero hecho de tener este empleo, adquieres o debes poseer la capacidad de tocar y dominar numerosos instrumentos (muchos, cuantos más, mejor).

charterhouse-257062__340Generalmente, no suele ser muy complicado de explicar que bastante complicado es de por sí llegar a adquirir un nivel de experto sobre uno sólo (y su familia de instrumentos si corresponde), como para estar intentando diversificarse. También, es cierto que el concepto que muchas personas que no saben nada de música tienen sobre el tocar un instrumento es el siguiente: si sabes cogerlo aparentemente bien (sin que se te caiga) y logras emitir un sonido a través de él que no suene mal del todo, sabes tocarlo.

2- Desconocimiento y respeto

Otra generalización que he sacado en claro durante mis viajes, es que la sociedad tiene un profundo desconocimiento sobre lo que significa ser músico y dedicarse a ello. Mezclan imágenes  y visualizaciones que están en sus cabezas (y que previamente han sido consumidas de medios audiovisuales) de orquestas sinfónicas, grupos modernos, músicos callejeros, el coro de misa con el órgano, carteles o spots publicitarios, etcétera, pero normalmente no tienen ni idea y así te lo suelen manifestar sin rodeos.

No obstante, dicha ignorancia suele ir ligada a un gran respeto, ya que todo el mundo coincide en el siguiente prejuicio: no tienen idea alguna pero sienten y tienen entendido que es algo verdaderamente complicado y sacrificado. A todo esto, suele ir ligado algún típico comentario como: “un primo mío empezó a tocar (cualquier instrumento) pero lo dejó porque pensaba que le iba a resultar más fácil”, o “yo sólo recuerdo que cuando tocaba la flauta en el colegio me costaba muchísimo leer las partituras y me la tenía que acabar aprendiendo las canciones de memoria, ¡qué difícil era!”

3- Desubicación académica y laboral

Al igual que existen otros trabajos más populares o menos desconocidos, la gente con la que me he cruzado no suele tener muy ubicado el perfil de músico profesional dentro de un marco académico y/o laboral. A las personas les suele sonar que es algo que se estudia durante muchos años en un lugar llamado “conservatorio”, pero normalmente no suelen saber nada más. No se hacen una idea concreta sobre qué tipos de estudios son los que se realizan, es decir, si son medios o superiores, oficiales o no, universitarios o sólo post-obligatorios, qué estructura presentan (elementa-profesional-superior).

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Igualmente, tampoco conocen el amplio abanico de profesiones a las que podemos acceder y, en primera instancia, desconfían de que podamos llegar a dedicarnos íntegramente a la música sin necesidad de que tengamos que estar buscando otras fuentes de ingreso que nos permitan seguir dedicándole tiempo y esfuerzo a “nuestra pasión”, caso que a veces se da pero no mucho más lejos que en otras disciplinas académicas. Por encima de todo, es normal que los no músicos estén desubicados con nosotros, pues nosotros mismos lo estamos muy frecuentemente dentro de nuestro propio sector.

4- Frustración musical

Este es mi favorito y, a su vez, uno de los que más me motivan a la hora de seguir investigando y defendiendo el valor de la música como motor personal y social. A un alto porcentaje de mis pasajeros (cerca de la totalidad), les hubiese encantado haber aprendido a tocar un instrumento musical en su infancia. Evidentemente, yo animo a todo el mundo que se atreve a decirme esto que nunca es tarde y que posiblemente, dentro de 10 años, se pueda arrepentir de no haberlo hecho en este mismo momento.

La falta de asesoramiento y aliento por alguien que ya esté iniciado en la música, sumada a la comodidad y a la inercia de la ley del mínimo esfuerzo, provocan que todas estas personas con esta frustración no inicien su andadura instrumental. Por ello, desde aquí hago un llamamiento a que animéis a todas estas personas que cumplen este perfil a que abandonen esta postura; se informen, busquen ayuda y, si la salud y los medios lo permiten, que pongan música en sus vidas antes de que sea más tarde aún.

5- Músicos en la cuneta

Tristemente, me he encontrado con un buen número de personas (las suficientes como para ser mencionadas) que dedicaron una serie de años de su vida a estudiar en alguna escuela de música o conservatorio profesional y decidieron abandonarlo. Detrás de cada caso, una historia con sus motivos correspondientes, pero entre todos ellos un denominador común: tomaron decisiones entorno a una serie de prioridades a las que sus docentes no supieron tomar como aliadas. (Entorno a este tema les recomiendo la lectura de este artículo MÚSICOS PROFESIONALES VS PROFESIONALIZARSE CON LA MÚSICA)

Como les he querido dar a entender durante los anteriores párrafos, el hecho de salir de nuestra zona de confort social, personal, académico y profesional nos hace de cuestionarnos muchas cosas automáticamente y a mirar con las gafas de otras personas todo aquello con lo que lidiamos en nuestro día a día. Entonces, la experiencia que nos brinda BlaBlaCar, y en mi caso, como músico, supone una oportunidad que, más allá de abaratarnos los costes de un viaje, nos expone a una vivencia personal sin precedentes en nuestras vidas cotidianas.

 

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